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Reseñas

Moramay López-Alonso, Measuring Up: A History of Living Standards in Mexico, 1850-1950, Stanford, Stanford University Press, 2012, 278 pp.

 

Measuring Up es una muestra de la vigorosa historia antropométrica que encuentra cada vez más eco en los países en desarrollo y especialmente en América Latina. El libro responde a la necesidad de rescatar la historia de los niveles de vida de las clases populares y de los grupos marginados, bastante descuidada por una historiografía más atenta a los vaivenes de las clases dirigentes y de las oligarquías que, obviamente, controlaron las riendas del poder económico durante mucho tiempo y dejaron importantes legados. Indolencia a menudo justificada por la falta de información y fuentes estadísticas sobre el bienestar y la desigualdad social anteriores a 1950, periodo a partir del cual se generalizan los cómputos sobre la renta nacional y la distribución de la riqueza en el mundo menos desarrollado. Gracias a las nuevas metodologías que permiten descifrar la evolución de la estatura, los historiadores examinan el nivel de vida de la gente común y de los grupos sociales que ni siquiera estaban integrados en la economía formal y realizar estudios comparativos. La existencia de importantes masas de datos sobre la talla humana desde el siglo XVIII está afianzando los estudios sobre la desigualdad y la pobreza y, desde luego, sobre la evolución del bienestar biológico en diferentes contextos regionales y ambientales. Con estas premisas, Moramay López-Alonso, profesora del Departamento de Historia de la Universidad de Rice (Houston, Texas), arroja importantes resultados sobre el tema, apenas analizado en México, siendo uno de los países más interesantes de Latinoamérica por sus extraordinarias dimensiones, geográfica y demográfica, sus enormes contrastes regionales y sociales, y su cercanía al gigante norteamericano en un contexto histórico marcado por tiempos muy convulsos.

El periodo que se analiza es excitante. En la centuria que media entre 1850 y 1950, México registró profundas transformaciones paralelas a las que el mundo experimentó no sin grandes sobresaltos, conflictos sociales, guerras civiles y revoluciones. El país dejó de ser básicamente rural para convertirse en una economía moderna industrializada, cuyo dinamismo se refleja en el crecimiento de la población urbana que se multiplicó por tres durante la primera mitad del siglo XX. Los cambios políticos e institucionales fueron de enorme trascendencia, desde la Constitución de 1857, de corte liberal y claramente federalista, y la promulgación de las leyes desamortizadoras que le siguieron, hasta la de 1917, considerada por su contenido social como una de las constituciones más avanzadas del mundo, que resultó del proceso revolucionario iniciado en 1910. En un periodo de intensa agitación política, los Estados Unidos Mexicanos recibieron el influjo de la modernización económica y de los capitales extranjeros, de los cambios tecnológicos y de la revolución sanitaria que, junto a otros avances científicos desplegados en el mundo desarrollado, les permitieron el desarrollo de los ferrocarriles, la integración de los mercados, el incremento de la producción de alimentos y la mejora de la salud pública, por señalar algunos de los aspectos que más incidieron en la calidad de vida de la población.

Aunque con retraso respecto a su vecino del norte y a los países más desarrollados, México participó de la "evolución tecno-fisio", un término difundido recientemente por Robert Fogel y Dora Costa1 que define las sinergias provocadas por los rápidos cambios tecnológicos asociados a la mejora de la nutrición y de la productividad, parejos a los cambios fisiológicos y que tuvieron como principales protagonistas, además del incremento de la estatura humana, el declive de la mortalidad y el aumento de la longevidad. Como se documenta en este libro, no puede decirse que México quedara al margen de dicha evolución y de la "revolución de la mortalidad",2 conceptos que, de la mano del crecimiento económico moderno, hunden sus raíces en la explosión de la ciencia y la tecnología que implementó las innovaciones biomédicas y la mejora de la salud pública en la mayoría de los países occidentales y de influencia europea desde 1900. En México, la tasa bruta de mortalidad se redujo algo más de la mitad en la primera mitad del siglo XX, al pasar de 32.7‰ en 1900, a 16.2‰ en 1950, tendencia similar a la que registró la mortalidad infantil, que, estando por encima de 200‰ en el siglo XIX,3 se situó en 131.6‰ en 1930 y en 98.2‰ en 1950, reduciéndose una cuarta parte durante las dos décadas previas a 1950. La transición epidemiológica prosiguió con intensidad en las décadas siguientes y alcanzó parámetros de una sociedad moderna en los últimos tiempos. En 1980, la tasa bruta de mortalidad disminuyó
a 6.6‰ y en 2005 fue sólo de 4.8‰. La tasa de mortalidad infantil cayó a 35‰ en 1980 y en 2005 pasó a ser de 13‰.4 Entre tanto, la esperanza de vida protagonizó un incremento fabuloso, siendo de las más bajas a finales del siglo XIX pasó a comienzos del siglo XX a 72.2 años en los hombres y 77 años en las mujeres. En promedio para ambos sexos, de 27 años en 1896 aumentó poco en las primeras décadas del siglo XX, pues alcanzó los 36.3 años en 1930, pero se aceleró después, incrementándose a 49.6 años en 1950 y pasó a 68.4 años en 1980 y a 74.6 años en 2005.5

En conjunto, el declive de la mortalidad y el incremento de la longevidad fueron consecuencia de la difusión de los servicios sanitarios y la mejora de la salud pública, pero también del aumento de la renta por habitante, fenómenos que cobraron impulso en las décadas posrevolucionarias. La autora destaca que, incluso en la segunda mitad del siglo XIX, se había erradicado el hambre, puesto que en años de malas cosechas se consiguieron granos del extranjero y subraya el papel institucional en los vaivenes del bienestar. Así, demuestra que las instituciones creadas por el gobierno federal fueron capaces de destinar importantes recursos a la construcción de infraestructura sanitaria, a campañas de vacunación masiva y a programas de educación para la salud, cuya consecuencia fue el control de las enfermedades infecciosas más comunes, sobre todo a partir de la década de 1930, cuando las tasas de mortalidad infantil se reducen de forma muy considerable. Las organizaciones internacionales de la salud también contribuyeron a la mejora de la salud pública y lograron que se beneficiaran algunas localidades remotas a través de la introducción de los servicios sanitarios, desde Yucatán y Veracruz hasta Chiapas y Oaxaca. Las ciudades pasaron a ser menos sucias y también algunas regiones rurales. Hacia 1950 estaba en marcha la transición epidemiológica: las enfermedades infecciosas se reducían mientras las enfermedades degenerativas eran más comunes como consecuencia del aumento de la esperanza de vida. Los avances en la medicina posibilitaron que las enfermedades infecciosas fueran más manejables a mediados del siglo XX.

Tras este largo periodo de cambios institucionales, demográficos y económicos, ¿qué impacto tuvieron en la estatura o en los niveles de vida biológicos de la población de México?, ¿fue diferente la evolución del nivel de vida a la de los países que México intentó emular?, ¿disminuyeron las disparidades territoriales y la desigualdad social? A estas y otras cuestiones Moramay López-Alonso intenta ofrecer respuesta en Measuring Up, que traza los principales aspectos del bienestar a partir de las estaturas, la huella de la pobreza y la desigualdad, y los cambios globales que impactaron en la calidad de vida y el estado nutricional de la población de México. Este libro tiene su origen en la tesis doctoral que defendió en la Universidad de Stanford en el año 2000 y es fruto de una investigación más ambiciosa que realiza sobre el bienestar humano en una perspectiva del muy largo plazo. Estructurado en siete capítulos organizados en tres secciones y unas conclusiones finales, el libro aborda un aspecto central que había quedado pendiente en la historiografía económica mexicana. Pocos estudios habían analizado los cambios en los niveles de vida anteriores a 1950. Se contaba con algunas contribuciones sobre la pobreza,6 además de los estudios realizados por John H. Coatsworth, Aurora Gómez Galvarriato y Jeffrey Bortz sobre los salarios reales, los precios alimenticios y del consumo, que no obstante se concentran en algunas regiones y en sectores específicos de determinados periodos del siglo XIX o del siglo XX.7 Hasta la fecha no se disponía de un trabajo que abordara la cuestión en un periodo trascendental de la historia de México. Algo se había avanzado en el libro, México y España: ¿historias económicas paralelas?,8 pero sorprende que no hubiera ningún capítulo sobre niveles de vida en otro compendio más reciente.9 Por ello, este libro es recibido con expectación.

En la primera sección del libro, compuesta por tres capítulos (pp. 19-58), la autora muestra la importancia de las instituciones del bienestar y los cambios institucionales producidos en la lucha contra la pobreza desde el México preindustrial de mediados del siglo XIX hasta el periodo en que el país se adentra en un rápido proceso de urbanización e industrialización. Después de esbozar las teorías sobre el bienestar, atiende a la eficiencia de las instituciones mexicanas a través de las políticas de provisión de bienestar. Destaca el papel que la Iglesia desempeñó en los niveles de vida de los más desfavorecidos durante la era colonial, que perduró hasta las políticas liberales tras la Constitución de 1857. Con las desamortizaciones y otras medidas anticlericales promovidas por el gobierno en las décadas siguientes se erosionó el poder económico de la Iglesia católica y, con ello, finalizó el monopolio de la provisión de bienestar desde sus principales entidades, como conventos, hospitales, escuelas para pobres, hospicios, casas de maternidad y otras instituciones de caridad que la Iglesia mantuvo en colaboración con la sociedad civil. Las instituciones seculares privadas creadas durante el porfiriato (1877-1911) fueron limitadas y no ocuparon las atribuciones desempeñadas por la Iglesia, lo cual produjo un vacío decisivo en la provisión de bienestar con consecuencias lesivas para las clases populares. Las políticas públicas no cristalizaron hasta después de la revolución. La Constitución de 1917 consagró el bienestar como un derecho de los ciudadanos y un deber del Estado, junto con el derecho a la tierra y el trabajo. Fruto de ello fue la creación del Departamento de Salud Pública ese mismo año conforme al artículo 73 de dicha Constitución. En la etapa de Cárdenas se pusieron las bases institucionales para extender los servicios sanitarios a toda la población sin distinción de renta, ya fueran trabajadores de la economía formal o informal. Durante las décadas de 1930 y 1940 el gobierno aumentó el gasto destinado al bienestar social, pero los esfuerzos por descentralizar los servicios de salud y atender a la población más allá del distrito de la ciudad de México quedaron en vano.

La segunda sección analiza en dos capítulos (pp. 59-130) la evidencia antropométrica. Contiene una valiosa información sobre la evolución de la talla promedio de los grupos socioeconómicos y en las principales regiones o áreas geográficas de México. Para los que no están familiarizados con la nueva historia antropométrica, esta sección puede ser demasiado técnica por la presentación de los métodos y de las fuentes empleadas para analizar las tendencias de la estatura, pero necesaria precisamente para mostrar la representatividad de los resultados. Con una muestra rigurosamente seleccionada, aunque pequeña para el tamaño poblacional de México, la autora desmenuza las características de las tres principales fuentes de estaturas empleadas en su estudio. De los archivos militares de la Secretaría de la Defensa Nacional analiza unas 6 236 observaciones de un total de más de 40 000 fichas de soldados disponibles, que disponen de información muy completa. Se trata básicamente de los soldados federales nacidos entre las décadas de 1870 y 1950. De los rurales o la policía rural, creada en la década de 1860 para garantizar la seguridad en un periodo de deterioro de la ley y el orden y la difusión del bandidaje y el contrabando, selecciona 6 820 observaciones entre los nacidos de 1850 a 1899, dado que el cuerpo militar desapareció al final de la revolución de 1910. Este grupo está bien representado en el Bajío y norte del país, pero menos en el centro y el sur. Excepcional es la información proveniente de los pasaportes provenientes de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que le permiten examinar 16 597 observaciones de hombres y mujeres pertenecientes a las elites mexicanas nacidas entre 1910 y 1942.

La metodología empleada por la autora es rigurosa y pertinente para el estudio de la desigualdad social y regional. El análisis socioeconómico lo conduce a partir de 27 ocupaciones agrupadas en cuatro categorías, trabajadores no cualificados, trabajadores manuales cualificados, trabajadores especializados de cuello blanco y las elites. Siguiendo la clasificación de la convención UNESCO para la educación, usa como alfabetizados aquellas personas que saben firmar su nombre. El estudio regional se divide en cuatro grandes regiones que agrupan a los 32 estados correspondientes de cada región. Finalmente, la autora muestra que la distribución de las tallas es completamente normal y se decanta por el análisis de individuos con edades de 23 y más años de edad, habida cuenta que las diferencias climáticas existentes en México y las carencias nutricionales de buena parte de la población pudieron prolongar el crecimiento hasta pasados los 20 años. Por este motivo, conviene analizar la evolución de la talla o del bienestar biológico no sólo en función del ambiente en la infancia, sino también durante la adolescencia, etapas decisivas en el crecimiento humano y las que se produce en un fuerte incremento de la talla.

Las conclusiones a las que llega Moramay López-Alonso refuerzan las tesis de pobreza y desigualdad hasta finales del periodo analizado. La talla de las clases trabajadoras insertadas en la economía formal era más baja que la de las clases altas pero hubo una tendencia a la convergencia desde la década de 1930. Las diferencias entre la talla promedio de la elite y la de los militares fue de tres a cinco centímetros en algunos periodos. La etapa de mayor desigualdad se observa en la era del porfiriato, incluso antes, resultando significativas las diferencias existentes entre la talla de los trabajadores cualificados de cuello blanco con la del resto de los trabajadores manuales cualificados y no cualificados desde las cohortes nacidas a partir de 1840. Además, las tallas de los militares rurales disminuyeron en la segunda mitad del siglo XIX, hasta más de cinco centímetros entre 1840 y 1890, exhibiendo la dimensión de la crisis nutricional que experimentaron los más desfavorecidos. En ese periodo aumentó la brecha de la desigualdad, bien documentada entre la talla promedio de los ricos y la de los más pobres. El deterioro nutricional no afectó a la elite, que, siendo más alta que el resto de la población, aumentó su estatura promedio en aproximadamente cuatro centímetros, observable en las cohortes nacidas entre las décadas de 1860 y 1900. Los datos sugieren que las reformas liberales del siglo XIX afectaron a los niveles de vida de las clases populares al reducirse la asistencia social que prestaban las instituciones religiosas. Hasta finales de la década de 1930 los trabajadores en su conjunto no pudieron disponer de una legislación social protectora, como refleja la mejora de los principales indicadores del nivel de vida y la talla, que recuperó los estándares de mediados del siglo XIX. Aunque hubo mejoras económicas y de la salud pública entre las décadas de 1930 a 1950, persistió la desigualdad. Pero las diferencias regionales no fueron tan marcadas como entre las clases sociales. Existen disparidades regionales en ambas muestras (militares y pasaportes), pero son mayores en la muestra militar. Los norteños y los habitantes del Bajío eran más altos que sus compatriotas del centro y del sur.

El bienestar de México no fue diferente al de otros países. Sus niveles de vida pueden compararse con los de poblaciones semejantes a partir de la talla, un indicador que contiene los mismos ingredientes (enfermedad, trabajo infantil, dieta, renta)10 y responde a los estímulos de los cambios ambientales, pautados en el tramo final del periodo que analiza el libro por la industrialización, la urbanización, la transición demográfica y epidemiológica, y la difusión de las políticas de salud pública. Los datos sugieren que, hacia 1850, los mexicanos no eran demasiado bajos de estatura; de hecho, gozaban de una talla promedio más alta que la de los reclutas alemanes, holandeses y franceses, y aún mayor que la de los mozos españoles e italianos. Hacia 1900-1910, tras sufrir el deterioro señalado, el nivel de vida de los mexicanos se distanció respecto al de los países más industrializados y se asemejó al de los países latinos del sur de Europa. México perdió la ventaja biológica que había tenido hacia 1850 y un siglo más tarde, hacia 1950, se situó en el rango más bajo de estaturas entre los países de influencia europea. La divergencia respecto a su vecino del norte fue espectacular. Las diferencias entre las tallas promedios de Estados Unidos y México eran de algo más de cuatro centímetros en la década de 1850 y pasaron a ser de más de doce centímetros en la de 1950. En resumen, al final del proceso, las estaturas de la población mexicana eran bajas respecto a los estándares de las poblaciones modernas.11 La autora demuestra mediante el estudio de percentiles que, en incluso entre las elites mexicanas, las distancias con los promedios estadunidenses eran importantes, aunque una fracción de la misma logró mejorar sus niveles de vida y alcanzar los estándares modernos de poblaciones bien alimentadas y saludables. El hecho refuerza la tesis del aumento de la desigualdad en plena expansión de la industrialización mexicana.

La tercera sección aborda en tres capítulos las sinergias entre la salud y la nutrición (pp. 131-206) que influyeron en la tendencia de las tallas. Probablemente sea la parte más interesante para el historiador menos especializado y, desde luego, para el lector menos familiarizado con la nuevas metodologías de la historia antropométrica, pues analiza la cuestión con un amplio enfoque analítico. Mediante un repaso a la historia de la salud y a la historia demográfica y a los cambios en los hábitos alimenticios de su población, la autora muestra la peculiar evolución de los niveles de vida y el bienestar biológico en el largo plazo. Destaca que la desigual provisión de los servicios de salud pública, las deficiencias nutricionales de las clases populares como consecuencia de la persistencia de hábitos alimenticios y la presión demográfica desempeñaron un papel determinante en los niveles de vida. Los elevados índices de fecundidad, que hicieron posible que las familias tuvieran un tamaño relativamente más grande que en otras partes del mundo desarrollado hasta finales del periodo, impidieron que el incremento de la renta per cápita tuviera efectos mayores sobre el bienestar. Sólo los grupos dominantes y las elites intelectuales y económicas del país pudieron afrontar con éxito su potencial de crecimiento, que les diferenciaba de amplias capas de población que quedaron, incluso, marginadas de la economía formal y del acceso a los recursos básicos.

El libro acaba con unas conclusiones generales (pp. 207-215) en las que enfatiza la importancia del enfoque multidisciplinar para explicar la historia de los niveles de vida de la población mexicana. Al final del mismo (pp. 216-276) se incorporan un apéndice con datos de las regresiones y una comparación internacional de la estatura, una extensa sección de notas, las referencias bibliográficas principalmente de fuentes secundarias y un índice de materias que, en conjunto, lo hacen manejable.

Measuring Up es un excelente trabajo de historia económica y social en el que prima la historia antropométrica. Tiene como objeto central el problema del bienestar, la desigualdad y la pobreza en un periodo crucial de la historia de México, que lo aborda con datos principalmente de estaturas. Sin embargo, su interpretación se adentra en la historia que podríamos calificar como "total", la que tiene en cuenta las instituciones, los hechos políticos, económicos y sociales, y los aspectos culturales, que afectan a las pautas alimentarias, a la organización del trabajo, a la salud y a la higiene. Lejos de ser un estudio convencional de la historia antropométrica más ligada a econometría, conviene señalar el uso prudente que la autora hace de la evidencia cuantitativa, siendo recomendable no sólo para el historiador económico. Por su carácter interpretativo y los recursos narrativos empleados es una historia que interesará a demógrafos, sociólogos, politólogos y antropólogos físicos. Al historiador económico y a los economistas, especialmente, les interesará por el análisis novedoso que realiza sobre la evolución de la desigualdad. Conociendo la falta de datos sobre la distribución de la renta y la riqueza anteriores a 1957 en México, los especialistas pueden encontrar en los estudios sobre la talla un auténtico sustituto. Un inconveniente serio es que no hay datos de estatura por raza, dado el fuerte componente de población indígena en México. Hacen falta, no obstante, comparaciones con las tallas de América Latina, ya que se dispone de un amplio conjunto de investigaciones de historia antropométrica, incluso con las tallas de las diferentes poblaciones indígenas estudiadas por antropólogos físicos en las últimas décadas. Aún así, es una excelente guía para los estudiosos de América Latina y para los interesados en la nueva historia antropométrica.

 

José Miguel Martínez Carrión
Universidad de Murcia
Murcia, España

 

 

1 Veánse Robert W. Fogel y Dora L. Costa, "A Theory of Technophysio Evolution, with Some Implications for Forecasting Population, Health Care Costs, and Pension Costs", Demography, Population Association of America, vol. 34, núm. 1, febrero de 1997, pp. 49-66; y Robert W. Fogel, "Technophysio Evolution and the Measurement of Economic Growth", Journal of Evolutionary Economics, Springer-Verlag, vol. 14, núm. 2, 2004, pp. 217-221. Una aplicación del modelo teórico al análisis histórico en los últimos tres siglos, puede verse en Roderick Floud, Robert W. Fogel, Bernard Harris y Sok Chul Hong, The Changing Body, Health, Nutrition, and Human Development in the Western World since 1700, Cambridge, Cambridge University Press, 2011.

2 Richard A. Easterlin, Growth Triumphant. The Twenty-First Century in Historical Persepctive, Ann Arbor, University of Michigan Press, 1998.

3 Eduardo Cordero, "La subestimación de la mortalidad infantil en México", Demografía y Economía, El Colegio de México, vol. II, núm. 1, 1968, pp. 44-62.

4 Alejandro Aguirre, "La mortalidad infantil y la mortalidad materna en el siglo XXI", Papeles de Población, Universidad Autónoma del Estado de México, vol. 15, núm. 61, julio-septiembre de 2009, pp. 75-99.

5 Alejandro Mina, "Evolución de la mortalidad: pasado, presente y futuro" en Brígida García y Manuel Ordovica (coords.), Los grandes problemas de México, vol. I, Población, México, El Colegio de México, 2010, pp. 79-104.

6 El de Moisés González Navarro, La pobreza en México, México, Fondo de Cultura Económica, 1985, y el de Silvia Marina Arrom, Containing the Poor: The Mexico City Poor House, 1774-1871, Durham, Duke University Press, 2000.

7 También destaca el esfuerzo de reconstrucción de series estadísticas realizado por El Colegio de México para la etapa del porfiriato.

8 Rafael Dobado, Aurora Gómez-Galvariato y Graciela Márquez (comps.), México y España: ¿historias económicas paralelas?, Fondo de Cultura Económica, México, 2007 (El Trimestre Económico).

9 Sandra Kuntz (coord.), Historia económica general de México, México, El Colegio de México/Secretaría de Economía, 2010.

10 Richard H. Steckel, "Stature and the Standard of Living", Journal of Economic Literature, American Economic Association, vol. 33, diciembre de 1995, pp. 1903-1940.

11 Es muy útil la comparación con los percentiles que la autora establece con el trabajo seminal de Richard H. Steckel, "Percentiles of Modern Height Standards for Use in Historical Research", Historical Methods, vol. 29, 1996, pp. 157-166.

 

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