Víctor Eder Morales-López1, *
0009-0004-0817-4010
1 Universidad Autónoma de Chihuahua, Chihuahua,
México.
Correspondencia: mailto:vmorales@cmq.edu.mx
Cualquiera que se dedique al estudio de la historia de los pueblos indígenas de México, de las políticas decimonónicas de privatización o de los recursos naturales de los pueblos tiene claro que tras el conflicto armado iniciado en 1910, que dio paso a un nuevo proceso de construcción del Estado, se elaboró una narrativa historiográfica que atribuyó los problemas del campo en México a la pérdida de las tierras a causa de una mala aplicación de las políticas desamortizadoras por su traslado, sobre todo, al poder de grandes terratenientes. Esta línea historiográfica oficialista afirmaba que las haciendas eran el azote de los pueblos, constituían unidades productivas ineficientes y, también, retrataba a los pueblos, sobre todo a los indígenas, como actores pasivos quienes fueron beneficiados por el gobierno posrevolucionario ante las afrentas del gobierno liberal decimonónico. Con esto, se daba por sentado que la desamortización había afectado a los pueblos indistintamente, que las haciendas crecieron por igual y que las necesidades de los pueblos eran las mismas: recuperar las tierras de las que habrían sido despojados.
Sin embargo, algunos autores clásicos como Charles Gibson o Eric Van Young dieron advertencias y sugerencias para entender el campo mexicano como un espacio complejo y plural, donde las haciendas no tuvieron el mismo desarrollo en cada región. Asimismo, recalcaron la pertinencia de elaborar estudios de larga duración y estudios de caso que pusieran en el centro a los pueblos. A ello se sumaron las observaciones de Luis González y Gonzáles sobre la enorme diversidad de los habitantes del campo mexicano, no sólo en su cultura y lengua, sino también en sus necesidades, sus formas de asimilar la política y de relacionarse con sus gobernantes. En las últimas décadas, autores como Emilio Kurí, Michael Ducey entre otros, han ofrecido estudios que demuestran la complejidad existente en el interior de los pueblos, es decir, que no son los monolitos armoniosos que fueron afectados por las políticas privatizadoras quienes tuvieron que esperar a que el Estado posrevolucionario les resolviera la carencia de tierras, sino que también hay divisiones internas, intereses encontrados y una importante actividad de los pueblos como actores realmente activos.
En esta línea historiográfica se inserta la obra Landscaping indigenous Mexico. The liberal State and Capitalism in the Purepecha Highlands, de Fernando Pérez Montesinos. Se trata de una obra muy original en la que el autor no pretende encontrar el hilo negro, sino abordar la historia de los pueblos purépechas dese una perspectiva diferente, opuesta al canon historiográfico posrevolucionario. No cabe duda del enorme desafío que representó para el autor el análisis tan complejo que presenta en su libro desde el paradigma de la historia ambiental y social abarcando un amplio espectro temporal y territorial: poco más del siglo xix y la meseta de los pueblos purépechas. La obra de Fernando Pérez Montesinos es muy enriquecedora por varios aspectos que aborda y en ese sentido ofrece múltiples posibilidades de lectura, no obstante, destaca el paisaje como proceso histórico y elemento clave para cualquiera de las posibles lecturas.
El autor entiende el paisaje como una construcción humana que abarca varias generaciones; en ese entendido, los purépechas de la meseta dieron forma al paisaje para adaptarse a los cambios respecto a la tenencia de la tierra y los embates del capitalismo. Pérez Montesinos dedica los primeros dos capítulos del libro a describir cómo se conformó el paisaje de la meseta por la intervención del hombre y evidencia ese factor humano inherente del paisaje para lo cual retrocede al año 7000 a. C. y llega hasta 1820. Con ello explica el largo recorrido de construcción del paisaje desde los purépechas precolombinos pasando por los desequilibrios desencadenados por la llegada de los invasores españoles, quienes introdujeron nuevas reglas sobre la tenencia y uso de la tierra, así como nuevas especies de animales que fueron adoptados como una estrategia para persistir en el espacio. De esta manera, Fernando Pérez Montesinos encuentra que la conformación del paisaje en la meseta purépecha ya estaba casi concluida para inicios del siglo xix.
El autor describe el territorio de la meseta y la distribución demográfica en dos subespacios. Por un lado, la planicie baja donde hubo más agua y por ende más pueblos conviviendo con unidades productivas privadas; por otro lado, la planicie alta donde hubo menos agua, lo que determinó que hubiera menos pueblos, pero una menor competencia por los recursos productivos. Con esta descripción, el autor encuentra patrones interesantes que le permiten refutar el canon oficial que está en proceso de expirar, pues observa que las unidades productivas privadas, dígase ranchos y haciendas, fueron muy importantes en la dinámica de la meseta, pero no fueron las instituciones opresoras de los pueblos, debido a que era muy complicado llegar a mercados distantes y se ocupaban en los mercados regionales, por lo que su producción no demandó de mano de obra forzada ni la concentración de grandes extensiones de tierra. En cuanto a los pueblos de comuneros, menciona que, en su mayoría, logaron mantener la distribución de la tierra heredada del periodo virreinal y que el patrón más común fue la distribución del territorio en lotes, llanuras y montes. Pero, sobre todo, los comuneros purépechas lograron mantener el control de su propia mano de obra, específicamente por el cultivo de maíz, pero también con otras actividades complementarias como el cultivo de frutas, hortalizas, la elaboración de tejidos carpintería, la cría de ganado, el pequeño comercio y el trabajo temporal en las unidades productivas privadas.
Ahora bien, ante estas pruebas contundentes, el autor también encontró que, a pesar de que los comuneros purépechas lograron sostener las riendas de su propia mano de obra y producción, la distribución de los recursos no fue equitativa, lo cual tiene que ver justamente con la disponibilidad de agua en la planicie inferior y la falta de este recurso en la planicie alta. Vale la pena hacer un breve paréntesis en las fuentes que le permitieron al autor explicar cómo los comuneros purépechas construyeron el paisaje de la meseta a fin de hacer llevadera la vida, pues comprenden estadísticas oficiales de memorias de gobierno del siglo xix pero también hay una abanico importante de obras que dan cuenta de que Landscaping indigenous Mexico no sólo dialoga con una historiografía que confronta al canon oficial, sino que el diálogo trasciende la disciplina histórica y se nutre en gran medida de obras que emanan de la geografía humana y económica. Este acercamiento interdisciplinario fue clave para la caracterización tan profunda y detallada que ofrece Fernando Pérez Montesinos en estos dos primeros capítulos. Esta caracterización del paisaje, las comunidades purépechas y los patrones en las dinámicas económicas y sociales sirven como un sistema de coordenadas para lograr una comprensión de mayor alcance sobre los distintos rostros que fueron tomando las políticas encaminadas a sobreponer la propiedad privada sobre el sistema comunal característico de la meseta purépecha.
Esta problemática se aborda en los capítulos siguientes, en los que desarrolla un minucioso análisis del largo trecho de intentos por parte del Estado liberal de acabar con el régimen comunal de las tierras indígenas a nivel federal. A ese largo proceso el autor lo denomina reparto, que evidentemente hace referencia a la división de tierras comunales en propiedades privadas a fin de distribuirlas entre los comuneros. Vale la pena destacar la perspectiva con la que el autor examina este proceso de repartos porque demuestra que en el caso de la meseta purépecha no se formó ese modelo acartonado de dos bandos que se enfrentan: el de las élites liberales contra sus víctimas, los indígenas. Fernando Pérez Montesinos muestra de forma contundente que ese periodo de repartos catalizó toda una gama de reacciones con intereses y aspiraciones cambiantes; así mismo puso en evidencia la participación de los diferentes niveles de gobierno entre los cuales también hubo contradicciones y discrepancias por las leyes que cada nivel abanderaba.
En ese sentido, resulta muy atinada la aseveración del autor en cuanto a que el reparto no sólo ofreció a los comuneros el binomio de aceptar u oponerse a la política liberal porque en la práctica, las políticas de reparto también fueron vistas como herramientas que permitían que se lograran distintos objetivos superpuestos o contradictorios, según fuera lo más práctico y conveniente para la pluralidad de comuneros purépechas. El autor observa que las políticas liberales de repartos evidentemente mostraban un carácter tutelar con los indígenas purépechas y siguió una tendencia: en un principio, desde 1820 hasta 1868 se observa una mayor presencia de autoridades del estado de Michoacán impulsando sus propias leyes y más tarde, después de la segunda mitad del siglo xix, el impulso viene desde leyes federales como la ley Lerdo. No obstante, los ayuntamientos se desdibujan en los procesos que aborda el autor, sin embargo, los poderes locales son importantes porque hacían de puente entre los gobernados con las políticas que bajaban desde los poderes estatal y federal.
Esto llama la atención porque el autor aborda un periodo de contradicciones entre los poderes estatal y federal por imponer sus leyes privatizadoras, lo cual destaca son pocos los trabajos que resaltan la importancia de las leyes locales de privatización o bien sólo se mencionan superficialmente y se otorga casi todo el protagonismo a la ley Lerdo. Ante estas contradicciones, el autor da cuenta de que, si bien los comuneros mostraron una mayor tendencia hacia la ley federal, al final encontraban la manera de eludirlas o bien, sacar provecho de las propuestas gubernamentales.
Es importante insistir en este punto para resaltar la importancia de la obra de Fernando Pérez Montesinos, pues resulta recurrente que la literatura proveniente de otras disciplinas como la antropología, la etnología o la sociología, al abordar las problemáticas de los pueblos indígenas y el control o el despojo de sus recursos productivos, destine gran parte de su atención e, incluso, llegue a sobreinterpretar la cultura, cosmogonía y rituales indígenas vinculados al bosque o el agua.
Si bien la noción de cultura política o culturas políticas –como lo sostiene Regina Tapia– no se menciona explícitamente, Landscaping Indigenous Mexico las aborda como el bagaje de comportamientos políticos de los comuneros purépechas para mantener el control de sus recursos, sin alterar en lo posible su paisaje esculpido a lo largo de siglos. Asimismo, la obra da cuenta de las diferentes motivaciones que están detrás o que impulsan esos comportamientos que, como nos muestra Pérez Montesinos, adquieren un espectro muy variado de resultados de acuerdo a las distintas necesidades por el disparejo acceso a los recursos de la meseta.
Si bien estas culturas políticas les permitieron cierto control a los comuneros purépechas, el autor registra que después de 1890 el poder liberal se fue robusteciendo y los comuneros fueron perdiendo ese control, aunque aún lograban negociar con el gobierno la división de algunas tierras a cambio de mantener indivisos algunos predios que les resultaban claves. Hasta ese punto, el autor insiste que el paisaje se seguía manteniendo de forma que aseguraba la permanencia de los comuneros. La transformación de mayor impacto en el paisaje de la meseta purépecha ocurre con la llegada del capitalismo forestal hacia finales del siglo xix y principios del xx que vino acompañada de la invasión del ferrocarril porque alteró la geografía y reclamó una gran cantidad de materiales de construcción, principalmente la madera. Con ello inicia un periodo en el que el bosque purépecha comienza a ser codiciado y el golpe de gracia se da entre 1900 y 1910 con el inicio de la acumulación capitalista con la presencia de empresarios británicos y estadounidenses quienes impulsaron la creación de un aserradero de dimensiones considerables. Para Pérez Montesinos esto decantó en la conformación de un nuevo paisaje en el que ahora la vida giraba en torno del aserradero y repercutió en el día a día de los comuneros porque algunos fueron perdiendo sus medios productivos.
Como se mencionó, el libro ofrece una amplia gama de posibilidades de lectura porque toca de manera coherente una considerable cantidad de temáticas. En ese sentido, me parece que es un libro que merece tantas lecturas como sea posible y según la particularidad de intereses de cada lector, podrá encontrar un amplio abanico de temas y subtemas. A partir de esas múltiples posibilidades de lecturas, el libro también ofrece la posibilidad de plantear interrogantes que den cabida a nuevas investigaciones, incluso para otros periodos. Por ejemplo, al final el autor cierra con un epilogo en el que da cuenta del proceso de licha armada que da inicio en 1910. Si bien los comuneros purépechas tenían razones para sumarse a las filas revolucionarias, prefieren no hacerlo. Sin embargo, Pérez Montesinos muestra que fue el periodo revolucionario el que dio fin al capitalismo forestal en la meseta purépecha por la irrupción de gobernantes de filiación revolucionaria que, aunado al escenario bélico, generó poca viabilidad a los empresarios forestales para seguir explotando los bosques de la meseta purépecha.
Sin embargo, a partir de los elementos que desarrolla Fernando Pérez Montesinos, Landscaping Indigenous Mexico tiene la virtud de detonar distintas preguntas para incentivar otros estudios. Si bien esto depende de cada lector, algunos ejemplos de preguntas pueden ser: ¿qué pasa después?, ¿cómo asumieron los comuneros la política de reparto agrario que emanó de la revolución?, ¿si pedían ejidos, qué argumentos emplearon?, ¿se alinearon al discurso revolucionario y acusaron a las haciendas de haberlos despojado de sus tierras o lucharon en contra de los empresarios foráneos del aserradero?
No hay duda de que la obra Lanscaping Indigenous Mexico, de Fernando Pérez Montesinos, se va a posicionar como un clásico y como una lectura obligada porque ofrece bastantes elementos interpretativos, empíricos y metodológicos para repensar la historia de los pueblos indígenas de México desde la historia ambiental y la historia social.